¿Por qué tenemos miedo a la oscuridad?

 

La escotofobia o miedo a la oscuridad se manifiesta como un temor persistente a la misma. Este miedo puede estar justificado en la niñez, época en la que este temor es muy común, ya que en un lugar oscuro cualquier objeto puede convertirse en un fantasma o monstruo gracias a la gran imaginación que tenemos cuando somos niños.

Este terror comienza a desaparecer en la mayoría de los casos a la edad de 8 o 9 años, pero en muchas ocasiones puede ser manifestado también por personas adultas, y suele deberse principalmente a un miedo hacia los posibles peligros ocultos que puedan existir bajo la ausencia de luz.

El ser humano es un animal diurno que desde el principio de sus días ha tratado de huir de la oscuridad y de los animales salvajes que se esconden en ella para evitar ser atacado por los mismos, por lo que lógicamente nos sentimos empujados a evitar los sitios oscuros. Por otra parte, es por la noche y en estos lugares sin luz donde suelen ocurrir la mayoría de las veces los robos y los ataques.

Este puede ser uno de los hechos por el que algunos adultos sientan este temor que no supone un miedo a la oscuridad en sí misma, sino a lo desconocido, a lo que no podemos ver, ya que sin luz no podemos utilizar el sentido de la vista y por ello nos sentimos indefensos ante lo que pueda suceder.

 

A su vez, desde niños hemos sido aleccionados para evitar los lugares oscuros, e incluso hemos aprendido de los libros y películas que la oscuridad es sinónimo de maldad y peligros. Si durante la infancia hemos vivido alguna experiencia desagradable relacionada con ella, ya sea habernos quedado encerrados en algún lugar oscuro, ver una película o escuchar alguna historia de terror, etc., puede darse la aparición de esta fobia y prolongarse en el tiempo. En personas de edad avanzada también puede aparecer este temor, en este caso ocasionado por la asociación que se hace entre la oscuridad y la muerte.

La mejor forma de superar un miedo persistente e injustificado a la oscuridad es enfrentarse a ella directamente, ya sea con reguladores de intensidad de la luz, apagar las luces de la casa mientras se escucha música relajante y no ver películas de terror durante la noche.

En cuanto a los niños, hay que tener en cuenta que este miedo forma parte de su desarrollo psicológico, y la mejor forma de ayudarles a superarlo es hablar con ellos sobre el por qué de esta sensación y dejarles a su alcance una pequeña luz encendida para ir retirándola poco a poco.

Fuente Imágenes ThinkStock.

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